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lunes, 3 de noviembre de 2014

"EL GRITO" Un cuento de Maia Ferro Suar

El Grito
¿Qué diferencia hay entre ser malo y no ser bueno? Si uno tiene la posibilidad de hacer una buena acción pero no lo hace, ¿es una mala persona? Incluso sin tener malas intenciones, sólo por el simple hecho de no sentirse motivado a hacerlo.
Para poner más en claro esta idea les voy a contar una historia.
Era una tarde invernal en la plaza de mi barrio, no quiero detenerme en detalles sin importancia como fechas o ciudades. Me sentía muy deprimido ya que, horas antes, me había peleado con mi novia, por lo que decidí dar un paseo para despejar mi mente.
Hacia frio y la plaza estaba casi vacía, me senté en una de las banquinas junto a un árbol que me reconfortaba. Pensaba en cada palabra que habíamos gritado, cada frase hiriente que habíamos dicho, esa pelea me había dejado un poco triste. Fue entonces, cuando un grito muy intenso y exasperado interrumpió mis pensamientos. Miré hacia los lados pero no había nadie, volví a escuchar el grito, esta vez más fuerte, pude distinguir que era la voz de una mujer. Me paré y miré en todas direcciones, por entre los árboles, calles fronterizas, hacia donde llegara mi vista pero nada, no pude ver ni un alma, ni una sola persona que pudiera haber emitido ese grito.
Volví a sentarme, esta vez, un poco más atento a lo que pudiera pasar. Luego de unos  minutos nada ocurrió. Dejé ese suceso atrás y me concentré nuevamente en lo que me preocupaba: la pelea. Pero justo cuando me disponía a reflexionar detalladamente, un grito aún más fuerte tomó toda mi atención. Ahora sí reconocí la dirección de la que provenía.
Me levante muy atento y me dirigí por el camino que estaba a mi izquierda adentrándome en los árboles de aquella plaza.
Ya nadie gritaba, pero yo seguía repitiendo lo que había oído dentro de mi cabeza para tratar de reconocer de donde podía venir. Los sonidos a mi alrededor comenzaban a desaparecer, las risas de los pocos niños que se divertían, los autos, los pájaros, todo. No podía oír nada más que aquel grito resonando en mi cabeza.
Llegando a la otra esquina de la plaza, me pregunté si aquel sonido podría haber provenido de las calles aledañas, lo medité por un rato y justo antes de pensar que debía dejarlo atrás, o que era una mala idea, una casa un tanto extraña llamo mi atención. No sé bien por qué pero sentía la necesidad de seguir, estaba seguro que era por allí, como si la casa me guiara en el camino.
Proseguí por aquellas cuadras que paso a paso se convertían más y más en calles oscuras y misteriosas.
Cegado por la búsqueda, me adentré en lugares que desconocía, calles que nunca había visto y zonas en las que nunca había estado, aunque tenían un aire familiar. Sabía perfectamente por donde seguir, las casas del barrio me indicaban el rumbo que debía tomar, los pasos que debía dar, por donde ir y por donde no. Ya había caminado casi unas diez cuadras, me detuve y pensé: “¿será este el camino?, ¿será que estoy equivocado? No oigo más los gritos, ¿habré perdido el rumbo?” Y justo antes de abandonar la búsqueda vi algo que reavivó mi fe y certezas. Un perro detrás de mí, estaba siguiéndome, no sabía con seguridad desde hacía cuanto ni por qué  pero al verlo recordé que alguien una vez me dijo: “Los perros son como ángeles guardianes, que te cuidan y guían en tu camino a casa. Si uno te sigue, apégate a él y cuando llegues sano y salvo dale las gracias y él se marchara feliz”. No soy un hombre  muy creyente y menos de esas palabras, pero viendo la situación en la que me encontraba pensé que sería bueno algo de compañía, además, si aquello era cierto algo malo estaba por pasar, digo, sino ¿por qué razón habría de necesitar un ángel guardián?
Con tantas distracciones mi instinto había desaparecido, ya no sabía por dónde seguir y estaba perdido con un perro. Lo miré y dejé todo en sus “patas”: “Guíame” le dije “yo te sigo”, entonces éste comenzó a caminar con un paso ligero pero no lo suficiente como para perderlo de vista.
Lo seguí ya un poco más apresurado, el can parecía seguro, sabía por dónde ir, eso me dio confianza y a la vez inseguridad ¿Cómo podía confiar mi ruta, mi búsqueda y, quién sabe, hasta mi vida a un perro? ¿Estaba enloqueciendo? Todavía no lo pensaba y eso no me detenía ni a mí ni a mi nuevo guía.
Corrimos y corrimos cada vez más rápido, uno detrás del otro, ya acercándonos, lo presentía y él también. De repente el perro se detuvo en una esquina, lo miré y le pregunté: “¿Qué pasa, hemos llegado? ¿Es por aquí?” Y él no contestó, hablo de que no dio ninguna respuesta corporal, estaba concentrado en un punto fijo, observando quieto y agresivo. Presentía algo malo...
Levanté la vista para ver lo que él, y allí estaba, la más horrible, siniestra y espeluznante casa que había visto. Un frio recorrió mi cuerpo al ver esas ventanas viejas y sucias que evidenciaban el interior.
Aterrorizado como un niño retrocedí, no quería entrar pero mi compañero, mucho más valiente me miró con sus ojos, en su profundidad vi su pedido, me miraba como suplicando mi apoyo, no sólo mi apoyo sino mi ayuda. Él era sólo un perro, no podía hacerlo solo, necesitaba de mí así como yo de él.
Era una locura, ¡invadir una propiedad ajena simplemente porque un perro “me lo pedía”!, debí haber estado demente pero no podía dejarlo solo, no era correcto.
Tomé todo el coraje que me faltaba y seguí sus instintos. Avanzamos despacio pero decididos, cruzamos la calle y fuimos directo hacia la entrara, subimos esos tres ruidosos escalones de madera vieja y allí estábamos, delante de la más vieja y tétrica puerta. No hacía falta tocar, sabíamos que no habría nadie esperándonos con brazos abiertos. Requirió un pequeño empujón con la mano para que se abriera.
Me tomé un minuto para recorrer la casa con la vista: el suelo, las paredes, el techo, la enorme escalera ubicada en el centro de la habitación, todo, absolutamente todo era de madera, una vieja, descuidada, abandonada y polvorienta madera.
Entramos, no fue necesario más que un pie dentro para sentir la maldad recorriendo cada uno de nuestros huesos. No sabía por dónde empezar, si siquiera que buscar, esa expedición había tomado un sentido que no comprendía. Cuando quise regresar un golpe fuerte, seco detrás de mí me hizo ver que la puerta estaba cerrada, completamente sellada e imposible de abrir. No había vuelta atrás.

Sin otra alternativa comenzamos a inspeccionar, todo era muy tétrico como salido de una película de terror. Los cuadros lúgubres, la vajilla antigua, los retratos con fechas de años inconcebibles. ¿En qué lugar me había metido?
De golpe, el perro fijó su atención hacia la escalera, como si hubiese oído algo proveniente de la planta alta. Subimos muy despacio, escalón por escalón, cuanto más subíamos más crecía el temor y más grande era el miedo.
Una vez en el descanso, la escalera se dividía en dos, decidimos tomar el camino de la derecha. A medida que subíamos un olor nauseabundo comenzaba a aparecer, éste se hacía cada vez más fuerte y prominente escalones arriba.,
Ya en planta alta, un pasillo largo con puertas a los costados nos aguardaba. Tratamos de seguir el rastro de olores, abriendo puerta tras puerta para ver que se escondía tras ellas.
Las primeras tres parecían ser habitaciones para niños, había camas con cobijas comidas por el tiempo con un modelo infantil.
La cuarta puerta estaba cerrada con llave, la hendija mostraba dicha llave. Había sido sellada por dentro. Intenté tirar la llave pero era imposible, sólo tenía una vuelta por la que estaba trabada. El perro olfateó por debajo de la puerta, se llegaba a oler un hedor a podrido como si algo putrefacto e infecto se hubiese descompuesto dentro.
A nuestras espaldas había otra puerta, de esa habitación provenía el olor que estábamos buscando. ¿Estábamos listos para lo que veríamos? Giré el picaporte y abrí lentamente. Esa fetidez nauseabunda salió de golpe y nos asqueó de tal manera que era difícil no vomitar. Aunque eso fue horrible había algo aun peor, al ver lo que se escondía allí el vómito fue inaguantable. Los azulejos de las paredes estaban cubiertos de sangre y restos de carne, el techo, el piso, los espejos, todo había sido testigo de una masacre.
Ya no era un simple baño, era la habitación del horror, una cortina cerrada tapaba la bañera, debía abrirla, debía saber que escondía.
Entré solo, el perro estaba tan asustado que comenzó a ladrar, pero era un ladrido lleno de tristeza, agudo, como si quisiera llorar. Lo mire aceptando que se quedara afuera, no hacía falta que entrara, pero yo necesitaba verlo con mis propios ojos. Comencé los primeros pasos cada vez más asqueado, no podía respirar, hacia donde mirara había rastros de la peor tragedia.
Al llegar a la bañera tome todo el valor, la corrí despacio y al ver una punta de cabello me asuste y la abrí de golpe.
Dentro de aquella bañera había cuerpos mutilados, víctimas de lo peor, estaban desmembrados, brazos, piernas y cabezas, todo dentro de la misma bañera. Solo pude reconocer cinco personas allí dentro antes de desfallecer del asco. Pero no eran personas sino niños, pequeños e inocentes, martirizados por el horror.
Salí corriendo inmediatamente, ya nada importaba. Presurosos bajamos por las escaleras hasta llegar a la puerta principal, seguía cerrada, pero no podía quedarme allí ni un segundo más. Corrí hacia la otra habitación, desesperado tome una silla y la arrojé contra una de las ventanas. Al romper el vidrio saltamos para afuera y nos alejamos tan rápido como pudimos.
Cansado, en ningún lugar, desesperado, quería fritar pero mi voz no salía. Quería escapar, borrar esas imágenes. No podía creer lo que había visto, debía eliminar todo recuerdo de lo ocurrido. Estaba shockeado y totalmente asqueado, tenía que contárselo a alguien, alguien tenía que saber.
Seguí corriendo hacia algún lugar, ya no sabía dónde estaba, me apresure tanto esperando encontrar alguna señal de vida, alguien que me ayudara. Estaba muy cansado pero eso no me iba a detener.
Casi sin aliento llegue a una estación de policía, entre y conté todo lo que había visto al primer oficial que vi. Este me hizo tranquilizar, me calmo, y me llevo a una sala de interrogatorios. Allí les dije todo lo que sabía, cada detalle que había visto y vivido.
Luego de un rato mandaron a recorrer la zona ya que no recordaba la dirección de la casa. Una vez que la encontraron la registraron completamente. Equipos especiales se encargaron del asunto. Me detuvieron un tiempo, luego me mandaron a casa a descansar y esperar por nuevas noticias.
Un par de días después recibí  la visita de   dos oficiales, estaba bajo arresto por el homicidio de seis niños y una mujer.
Obviamente debían estar equivocados, había un error. Los acompañe a la jefatura para aclarar el malentendido. Pedí hablar con un oficial a cargo para que se me informara de lo que estaba pasando.
Espere en la sala de interrogatorios, cuando un detective apareció. Éste me interrogó acerca de los hechos. Le relaté la historia con lujo de detalles, cuando terminé pedí que me explicaran qué estaba sucediendo, yo no tenía nada que ver con los homicidios. Le hice miles de preguntas para saber por qué se me acusaba a las que él respondió: “Parece que necesitas una refrescada de memoria, pues bien, si eso quieres... La casa a la que entraste “por curiosidad” fue abandonada hace más de 70 años. Dentro de la habitación que encontraste cerrada había una carta explicando los trastornos y enfermedades mentales que dieron como resultado la masacre en la otra habitación. Dicha carta estaba firmada con tu nombre y escrita con tu letra. Lo que es más interesante aún es que tendido sobre el escritorio reposaba putrefacto e infecto tu cuerpo. ¿Por qué no haces memoria y me cuentas qué tan placentero fue mutilar a tu familia entera?”

Recalco mi duda: ¿Qué diferencia hay entre ser malo y no ser bueno? ¿Quién nos clasifica?

                                                                                   
AUTOR    MAIA FERRO SUAR

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