por la Lic. Virginia Gawel
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Éste es uno de los capítulos del libro “Krisis”, compilado por el Dr. Manuel Almendro y publicado por Ediciones La Llave en Madrid, 2009. (Otros autores que participan: Willigis Jäger, Manuel Almendro, Stan Groff, Stanley Krippner, Eva Juan Linares, Ashok Gangadean, Jordi Pigem, etc. Ver la lista completa y el índice temario al final del artículo.) Ha sido presentado en diversas Universidades de España como parte del material didáctico de la nueva Psicología.
Caos, confusión, desestructuración, pérdida de objetividad, angustia, incertidumbre, inquietud, desazón... Pero... ¿qué es primero: el Génesis, o el Apocalipsis? Claro: el texto bíblico se inicia con el relato del Génesis. Sin embargo, si tomamos ambas instancias como símbolos de realidades internas, el ciclo suele ser exactamente a la inversa: un Apocalipsis personal puede dar paso a que acontezca un auténtico Génesis, es decir, el nacimiento de una nueva identidad, levantada de entre los escombros que la crisis haya producido. Y en ese Génesis el individuo puede tener la opción de no ser un mero sujeto pasivo de lo que le ocurre: si procura estar lúcido puede volverse, por así decir, colega de los dioses, dándole forma desde adentro a esa nueva identidad: un co-creador autogeneratriz. Así como en el primer tramo de su vida los eventos le dieron forma a su psiquismo desde afuera, condicionándole sin que pudiera elegir demasiado quién y cómo ser, una crisis que arrase con lo viejo puede dejar, leudante, el germen de quien no se pudo aún ser, y que reclama espacio.
Es interesante revisar la etimología del vocablo español “crisis”: proviene del griego krisis, que significa decisión, y, por derivación, del vocablo también griego krinò, que significa “yo decido”, “yo separo, discierno”, “yo juzgo” (de allí vienen las palabras “criterio” y “criticar”, que en alguna de sus acepciones no es tan mala como parece...). Más allá del detalle eruditivo de estos conceptos, lo que quisiera destacar es que la etimología nos habla de que las crisis implicarían la posibilidad de una actitud conscientemente activa ante lo que nos sucede. Cierto tipo de crisis en particular requerirá de esa disposición lúcida de quien la vive, para discernir lo nuevo de lo viejo, lo esencial de lo condicionado, lo mecánico de lo espontáneo. ¡Menuda tarea! Tan importante es este discernimiento que a él se han abocado mediante diversas técnicas las principales disciplinas de autoconocimiento a lo largo de toda la historia de la Humanidad. Tan es así que el Yoga lo define como “la Joya del Discernimiento”. Una crisis puede permitir que, a pesar del caos y al confusión, quien la vivencia desarrolle la habilidad para observarse a sí mismo de otra manera, y a partir de ello ejercer una identidad más ajustada a su real naturaleza.
Estoy hablando aquí de ciertas crisis en particular, y de ciertos individuos en particular. Procuraré ser más puntual: el tipo de crisis que quiero abordar es el que podríamos denominar crisis esencial, definiéndola como aquella que, por razones exógenas o endógenas, quiebra la estructura de personalidad del individuo, y, al hacerlo, permite que se filtre de un modo decisorio la identidad no-aprendida, el verdadero Ser, la Esencia. Ese Sí Mismo (como le llamara Jung) buscará el modo de expresarse gracias a esa des-represión, generada al impactar la circunstancia crítica sobre los circuitos psicológicos condicionados. Veamos juntos de qué se trata...
Crisis esencial: entre las grietas de lo condicionado
También encontramos en la Psicología Perenne de las Tradiciones de Sabiduría (y, por ende, en la Psicología Transpersonal, que se nutre de ellas), la afirmación de que ser un humano implica encarnar una porción del Todo, que es nuestra real identidad: cada individuo es, en Esencia, algo divino que viene a vivir la experiencia humana (como refería Teillhard de Chardin). Sin embargo, para adaptarnos a las leyes de este mundo, debemos muñirnos de una personalidad: un conjunto de “programas” con que el entorno formateará nuestro psiquismo, en aras de adaptarnos a una cultura, una época, una identidad terrestre. La resultante casi universal de este formateo es el olvido de sí: nuestra identidad esencial queda sofocada por los condicionamientos, y terminamos creyendo ser esa identidad ortopédica, impostada desde afuera. (Recordemos que “personalidad” tiene su raíz etimológica en la expresión latina per sonare= “máscara”.) Como decía Platón, al encarnar bebemos de las aguas del río Leteo, y olvidamos esa naturaleza esencial.
Este estado de olvido de sí fue comparado desde siempre con el estar dormido: la realidad cotidiana se vivencia como un trance hipnótico, pues está teñida de nuestras proyecciones psicológicas, nuestros aprendizajes inconscientes, nuestra mente condicionada. La tarea que estamos llamados a desplegar es la de despertar de ese estado de sueño vigil. Más allá de que ese despertar pueda propiciarse a través de determinadas prácticas en las que uno se entrene para salir del hechizo (o, como le llamaba Castaneda, “parar el mundo”), las crisis esenciales, en ese sentido, oficiarían de despertador, desbaratando la trama con que se tejió nuestra personalidad, y dejando entrever nuestra naturaleza originaria.
Llegados a este punto, podríamos distinguir al menos tres situaciones existenciales en cuanto a los distintos niveles de conciencia de la Humanidad:
La de aquellos que transitan toda su vida identificados con sus condicionamientos, sin volver a hacer contacto con su esencia, que, desde la infancia, ha quedado reprimida por la estructura de la personalidad. (Es posible que este grupo defina al grueso de la población mundial.)
La de ciertos individuos que “no llegan a olvidar del todo”: es como si el agua del Leteo no hubiese penetrado por todos sus poros, dejando en su psiquismo una reminiscencia de su Origen. Crecen con una cierta conciencia de que algo desde adentro les llama, y, muchas veces a ciegas, buscan recontactar con su real naturaleza. Son individuos que transitan a lo largo de toda su vida movidos por preguntas existenciales, sensibles al Misterio, -individuos muchas veces inclasificables para los estándares comunes-.
En base a las investigaciones psicológicas que hemos realizado durante muchos años con personas de estas características en nuestro Centro, hemos dado en distinguirles con el nombre de reminiscentes innatos (aludiendo la palabra “innato” al hecho de que lo esencial nunca fue del todo reprimido, mostrando aún desde niños un contacto cierto con esa parte de sí). En la literatura los reminiscentes innatos están magistralmente descriptos en distintos textos, tales como en la obra de Herman Hesse, o, en una versión más popular, en uno de los libros más leídos en todo el mundo: “Juan Salvador Gaviota”, de Richard Bach. Pero también hallaríamos riquísimos detalles de este perfil psicológico leyendo autobiografías de seres que a lo largo de sus vidas han respondido a ese llamado interno, tales como Carl G. Jung, Jiddu Krishnamurti, Elisabeth Kübler Ross, y tantos otros.
Sería un tema para desarrollar en sí mismo, pues resulta apasionante describir las características psicológicas de este sector, y consideramos esta distinción como un elemento vital en la práctica clínica desde el enfoque Transpersonal. Pero al menos hoy mencionémoslo, dejando esa descripción más profunda para otra ocasión.
La situación existencial de quienes se han identificado largamente con su identidad externa, ejerciéndola en forma automática, -tal como los de la primera categoría-, pero a los que una crisis profunda (de origen intra o extrapsíquico) les ha resquebrajado la cáscara de la personalidad, pudiendo entonces filtrarse hacia la conciencia destellos de esa esencia reprimida. A estas personas las hemos denominado reminiscentes emergentes, dado que, a diferencia de los reminiscentes innatos del segundo grupo, se trata de individuos que han transitado toda su vida con escasa o nula conexión con lo profundo, pero en quienes el olvido de sí se vio drásticamente interrumpido por una crisis psicológica de características revolucionarias, propiciatorias de una oportunidad de despertar.
Esto puede acontecer por razones externas (la muerte de un ser
querido, un divorcio, el quedarse sin trabajo, el exilio o la migración...) pero también por razones internas: el antiguo sistema psicológico, que resulta disfuncional para la expresión de nuestra verdadera identidad, puede colapsar (aunque no haya causas importantes en lo externo), justamente por su disfuncionalidad en realción a lo esencial. Esto sucede con más frecuencia hacia la mitad de la vida, en la que, tal como Carl Jung lo describiera, puede darse una traslocación del eje de existencia, desde el Ego hacia el Sí Mismo. Podría simbolizarse con lo que sucedería en un planeta si el eje de la gran esfera hubiera estado siempre en un costado, y de pronto se desplazara hacia su exacto centro: diluvios, movimiento de continentes, cambios climáticos... Así puede suceder en nuestro mundo interno en la de mitad de la vida.
Las crisis esenciales, -cualquiera sea la edad en que se den-, tienen connotaciones tan extraordinarias que es en ellas en las que quisiera hacer foco: aquéllas que convierten a los sujetos del primer rango en individuos similares a los del segundo, sólo que su reminiscencia no es innata, sino adquirida a través del resquebrajamiento de la personalidad gracias a una instancia crítica.
Podríamos graficar la situación del primer grupo comparándola con la del tercero así:
En la simbología mística lo que el primer gráfico describe ha sido metaforizado de muchas maneras; una de ellas es la imagen de la cárcel: una cárcel en que el Ego es el carcelero, y la Esencia permanece cautiva, necesitando ser liberada. En el segundo gráfico, esa prisión de condicionamientos por fin deja entrever una numinosa luz, que se infiltrará en la vieja estructura psicológica, pudiendo alterar hondamente la concepción que el individuo tiene respecto de sí mismo, de la vida, de la realidad. Como lo expresó tan bellamente Jorge Luis Borges en su poema “Para una versión del I-King” utilizando la antigua palabra “ergástula” para nominar a esa prisión blindada (este poema prologa la traducción de Richard Wilhelm del Libro de las Mutaciones):
“No te arredres. La ergástula es oscura.
La firme trama es de incesante hierro,
pero en algún recodo de tu encierro
puede haber una luz, una hendidura.
El camino es fatal como la flecha.
Pero en las grietas está Dios, que acecha.”
El acceso a la conciencia de nuestra identidad esencial a partir de una crisis puede ser sumamente desconcertante: hemos creído ser quienes no éramos, y cuando el que realmente somos se asoma a ocupar su justo lugar... ¡le desconocemos! Veamos este punto con mayor detalle...
La revolución de lo nuevo
El modo de ser que una persona construye a partir de lo que inconscientemente ha aprendido es similar a una cáscara de barro, como ésas con que se cubren las patatas para luego cocerlas a las brasas, utilizando el barro como improvisado recipiente,-tal como se acostumbra en muchos países-. Quien no conociera el procedimiento, al ver el bulto ignoraría que debajo de ese barro cocido hay una patata. Una crisis sería como un golpe en seco que puede quebrar de una sola vez la costra de barro, y dejar al desnudo su contenido (tal como efectivamente en ese caso se hace al concluir la cocción). Así suele suceder con el psiquismo humano: ciertos eventos pueden dejar en suspenso los mecanismos automáticos adquiridos, y de pronto dar posibilidad a que emerja algo nuevo. Paradójicamente, podría decirse que “lo nuevo” en verdad es lo más antiguo, o, si se quiere, lo primigenio: lo que éramos aún antes de nacer, y lo que quizás sigamos siendo aún después de morir.
El hecho de que quede al desnudo ese factor esencial puede tener consecuencias muy profundas en la vida del individuo: una verdadera revolución. Veamos: en el lenguaje de los símbolos, una persona común sería como un país que ha sido largamente gobernado por un rey: el Ego. Es un rey auto-entronizado, que ejercerá su mandato de modo más gentil, o bien más tirano. Sin embargo, su entronización es ficticia, tal como si el trono lo ocupase un impostor: el ser humano viene a realizar una experiencia vital en la que la Esencia está llamada a desplegarse, a evolucionar, a aprender. Sin embargo, el trono que debía ocupar la Esencia, fue usurpado por quien estaba llamado, originariamente, a ser su súbdito (pues un Ego sano podría servir al desarrollo de nuestro Ser). A lo sumo, el Ego puede ser, en los primeros años, un regente provisional, suplente, hasta tanto nos consolidamos como personas adultas, medianamente adaptadas al entorno con cierta eficacia.
Durante una crisis esencial, podría decirse que ese núcleo vital sale de su amordazamiento, y reclama su propio lugar: el de ser quien gobierne nuestra vida, para que nuestro real destino pueda ir concretándose. Sin embargo, esa re-entronización del verdadero rey (nuestro Ser) rara vez se da de manera grácil y fluida: implica, como en un país, una verdadera revolución. El Ego no resigna con facilidad su cetro: experimenta el emerger de lo esencial como una amenaza a su función gobernante. Es natural que psicológicamente así lo experimentemos, dado que, mal o bien, el sistema de gobierno que el Ego haya ejercido en nuestro psiquismo fue regido por el instinto de supervivencia: el Ego es un dispositivo psicológico que, fundamentalmente, sirve a los fines de que podamos adaptarnos a esta realidad manifiesta. De modo que movernos de esas estructuras que han resultado medianamente eficaces (por ellas es que hemos llegado vivos hasta ese punto de nuestra existencia) puede resultar sumamente inquietante.
El abordaje de este tipo de crisis es un terreno preferencial para encuadrar el trabajo clínico desde un paradigma Humanista-Transpersonal: ayudarle al paciente a discernir los condicionamientos de su personalidad respecto de lo que él realmente quiere y siente desde su Esencia puede implicar acompañarle a re-decidir su vida; quizás los vínculos que ha tejido, su vocación, el despertar de sus talentos... Sí: realmente es como la revolución de un país, a partir de la cual es necesario establecer nuevas leyes.
Pero en ese nuevo gobierno el Ego nunca debe ser ejecutado: por el contrario, con frecuencia necesitaremos consolidarlo más sanamente para que sirva a los fines de algo más sutil. Entre tanto, es natural que en lo cotidiano se entremezclen decisiones que nazcan de la nueva estructura, con las que emerjan de nuestros antiguos condicionamientos. Sin embargo, en un proceso que se despliegue sanamente, la voz de lo más profundo irá teniendo cada vez más peso, más claridad en su expresión: el trabajo sobre sí, y los años de experiencia serán la infraestructura necesaria para que eso sea posible.
Enunciemos ahora algunos conceptos centrales que hacen a este proceso que se despliega cuando acontece una crisis esencial:
- Activación del Inconsciente profundo: La Psicología Transpersonal enuncia que nuestra Esencia (o, como diría Jung, el Sí Mismo) es el núcleo del Inconsciente. Como tal, puede decirse que tiene inteligencia propia: un conocimiento no-aprendido, que le es inherente por el sólo hecho de ser una porción del Todo (como bellamente lo expresa uno de los Salmos de David: “Mi porción es Dios”). En un idioma arcaico se nominaba a esta característica del Ser como ciencia infusa: no viene desde el afuera, sino desde lo hondo, estamos infundidos de ella, como el agua de una infusión lo está con la esencia de la hierba que en ella se haya sumergido.
Las crisis esenciales implican la des-represión de ese núcleo del Inconsciente. Pero, al igual que cuando abrimos un grifo que por mucho tiempo estuvo cerrado al principio el agua no corre pura, sino que arrastra el óxido de las cañerías, al manifestarse la hondura esencial, junto con ella pueden emerger contenidos no resueltos, que brotan a veces con un monto de angustia, enojo, temor... pues conllevan emociones no elaboradas que buscan ser “digeridas” psíquicamente (traumas, conflictos, complejos...).
Podríamos graficarlo así:
Los corpúsculos grises representarían aquí el material psicológico reprimido.
En unasituación de crisis esencial no solamente hay una perturbación desde afuera hacia adentro, movilizando contenidos no elaborados, sino que la Esencia misma estará pujando desde adentro hacia afuera, para hacerse percibir. Al buscar el núcleo esencial una vía de expresión ante la ocasión que este tipo de crisis representa, podríamos decir que, al “asomarse a la conciencia”, arrastra consigo esos contenidos psíquicos no elaborados. La resultante será que el individuo se vea lidiando con emociones muy antiguas que creía ya disueltas o bien que ni sabía que guardaba dentro de sí.
Un trabajo apropiado con estos componentes psicológicos movilizados permitirá ampliar el concepto de sí mismo, “reciclando” distintos aspectos de sí que buscan amalgamarse hacia una estructura más evolucionada. Aunque esto es muy inquietante, muchas veces la coyuntura de una crisis es el momento más apropiado para reconocer viejas heridas, zonas vulnerables, sentires ocultos, pues nos hallaremos en mejor condición de mirar compasivamente estos contenidos internos, y reorganizar nuestra identidad a partir de darles su justo lugar.
Miedo a “lo nuevo”: Hay una palabra en nuestro idioma muy poco utilizada,
pero que describe este temor: misoneísmo. Significa “miedo a lo nuevo”. En este caso, ¿qué es “lo nuevo”? Digamos que “lo nuevo” tiene dos aspectos posibles a ser tenidos en cuenta: lo extra-psíquico (lo que llamaríamos “nuestro mundo personal”) y lo intra-psíquico (lo subjetivo, lo que nos sucede dentro).
En relación a lo extra-psíquico, las crisis esenciales en general nos obligan a revisar el diseño que desde nuestros condicionamientos fuimos dando a nuestra vida. Y cuando lo contemplamos desde ojos más despiertos, es muy posible que nos demos cuenta de que la vida que vivimos, en muchos sentidos, no es nuestra, sino el resultado de elecciones devenidas a partir de mandatos externos. Y eso, por supuesto... ¡asusta! Uno quisiera cambiar todo lo que ya no quiere para sí, pero navega en la confusión de no saber cómo, ni tampoco hacia dónde virar el cambio. Como dicen los sufis, se encuentra “sentado entre dos sillas”: ya no está en la que se hallaba instalado, pero aún no se ha mudado hacia la que le corresponde (¡posición incómoda, si las hay!). En este sentido, siempre tengo en cuenta una frase de Nor Hall que veo muy acorde a la función de un terapeuta orientado desde este paradigma: “Asiste a aquellos que ya no están en donde estaban, y aún no han llegado hacia donde van”. Clarísima, ¿verdad?
El miedo a lo nuevo, extra-psíquicamente hablando, incluirá, entonces, el temor a tomar decisiones equivocadas, a perder lo que se ama, a modificar aquello a lo que se estaba habituado, a ser juzgado por esos cambios, a ser tomado por loco o por irresponsable...
La persona necesitará, en ese sentido, una cuidadosa ayuda para darse cuenta pero también darse tiempo, sabiendo que quizás todo pueda ser puesto en tela de juicio: la pareja, los amigos, el modo en que emplea su tiempo, la manera en que se viste o en que come, su relación con el dinero, el sexo, la salud... No por nada las crisis esenciales han sido llamadas en la antigüedad “segundo nacimiento”. Sólo que en este caso uno mismo es el crío, la parturienta y la partera... Y hay algo seguro: en este tipo de parto, nadie nace por cesárea; entonces: ¡a pujar (se)!
Si referimos el misoneísmo a lo intra-psíquico, la situación es la de dos partes en conflicto: la estructura vieja, y la nueva (aún desconocida). Y lo viejo se defiende de eso nuevo: nuevos sentimientos, nuevos puntos de vista, necesidades que eran hasta ese momento desconocidas, talentos que buscan expresarse pero que aún no hallan curso de acción... Un nuevo criterio de realidad busca instaurarse, pero en el decurso de su afianzamiento una parte nuestra lo cuestiona, descalificando eso que emerge, despreciándolo como si se tratase de una suerte de locura, de fantasía, o de veleidades inconcebibles...
Retomando el punto que abordamos al hablar de estas crisis como un proceso de revolución, una metáfora notable la brinda la tradición del cristianismo a través de los Evangelios (más allá de los hechos históricos, hermenéuticamente pueden ser tomados como textos que simbolizan movimientos internos del psiquismo humano, codificando esta información metafóricamente). Allí, Herodes podría representar el reinado del Ego: cuando escucha hablar de un niño que ha nacido y que, según se dice, se convertirá en rey (Jesús como símbolo el Niño interno, la Esencia saliendo a la luz), Herodes teme. Teme ser destronado. De modo que decide matar a todos los niños recién nacidos en el reino, asegurándose así la perpetuación de su gobierno. En una crisis esencial es común que el Ego tema a lo nuevo que acontece en nuestro interior, y, por ende, despliegue una actitud hostil hacia esos aspectos, saboteando su despliegue.
Esta batalla interna puede ser ganada por cualquiera de ambas instancias: si la crisis no alcanza como para que la Esencia gane espacio y podamos escucharla, la resultante será una nueva represión del Ser, procurando re-instalarse un orden similar al preexistente, o bien tan mecánico como aquél. Si, en cambio, como dicen los chinos, convertimos la crisis en una oportunidad, es posible que obremos con mayor inteligencia, dándole espacio a lo nuevo, familiarizándonos con ello, y permitiéndole a esa instancia más profunda que sea la que dirija la reorganización de nuestra vida. Porque es claro que este proceso no está dirigido por la conciencia: es la inteligencia del Inconsciente quien sabe hacia dónde va, y cómo ha de ir...
- Redimensionamiento de la noción de Sentido:
Atravesar una crisis esencial implica un replanteo de nuestra escala de valores. Y esto no es algo meramente abstracto, sino todo lo contrario: entrañable. Porque en buena medida aquello que valoramos es lo que direcciona en que habremos de aplicar nuestro tiempo. Y es posible que en el nuevo Génesis necesitemos revisar qué es lo verdaderamente importante para nosotros. Pero no en la cabeza (o sea, qué “decimos” que sea “lo importante”): en actos. ¿A qué le dedicamos energía? ¿Qué es lo que sostiene cada una de nuestras actitudes? ¿Qué nos haría sentir satisfechos de nosotros mismos cuando, al irnos de este mundo, miráramos hacia atrás y viéramos cuál fue el Sentido organizador de nuestro desarrollo como personas?
En la medida en que una crisis produce una traslocación del eje de nuestra existencia, es natural que lo que antes oficiaba de “sentido de la vida” colapse o se modifique: tener la identidad centrada en nuestra personalidad condicionada generalmente organiza el psiquismo en torno a un pseudo-sentido, determinado por mandatos inconscientemente introyectados. Cuando la cáscara se quiebra, con ella suelen hacerse añicos esos parámetros prestados por el entorno. Y puede que su carencia implique transitoriamente una verdadera depresión: lo que nos motivaba para levantarnos cada mañana de pronto carece de real importancia. ¿Con qué sustituirlo?
El colapso de antiguos “sentidos de la vida” puede quedar signado por algo menos fácilmente expresable en palabras: ya no se trata del éxito, de criar a los hijos, de realizarse profesionalmente, de llegar a ser reconocido... Es más: todo eso puede estar o no. Pero si está, hay cierta intuición o cierta claridad de que ése no es el Sentido: en todo caso, ésa es la excusa para ir desarrollando la evolución de nuestra conciencia en el día a día. Cuando una persona contacta con algo más profundo de sí, despierta en su interior un sabor universal vinculado a que no importa lo que hagamos con nuestra vida: el Sentido será desplegar nuestra conciencia tanto como nos sea posible, cualquiera sea la tarea que hagamos. Y sabe que ese despliegue ni siquiera se trata de algo que remita a un beneficio meramente personal: que el autopropulsar ese desarrollo del Sí Mismo es tanto un derecho como una obligación ontológica, pues evolucionar implica un bien no sólo para nosotros como individuos, sino para la Gran Familia Humana, a la que pertenecemos.
Sí: una crisis esencial induce a ampliar los límites de la conciencia de modo tal que se despierte la noción de pertenecer a un Todo en cuya evolución podemos participar lúcidamente.
- Surgimiento de emociones más sutiles:
Así como el emerger de lo esencial hacia la superficie tracciona consigo emociones no resueltas, es natural que también emerjan sentimientos sutiles que, o bien han sido desconocidos para la persona, o bien sólo los ha sentido alguna vez en ocasiones especiales. Citemos algunos de ellos:
- Noción de unicidad: De un modo no-intelectual, la persona se concibe a sí misma como una con todo: con su comunidad, con el planeta, con la familia Humana... Las acciones que anteriormente se ejecutaban desde el ego-centrismo inconsciente encuentran un marco sensible en el cual comprende desde la hondura que no hay acciones individuales: todo afecta colectivamente. De allí la palabra altru-ismo: altro= el otro. Con ello, es natural que en el individuo surjan metanecesidades relacionadas con esa concepción nítida de que todos somos uno: actuar en el área de la ecología, de los derechos humanos, de las artes, del servicio social... Una crisis profunda puede arrojar a quien la vivencia hacia nuevos horizontes, donde emerjan iniciativas impensadas en etapas anteriores, y que impliquen una redefinición en la administración de su tiempo y de su energía. Es natural, por ende, que poco a poco vaya tratando de ubicarse de manera tal que sus acciones individuales impliquen algún tipo de aporte a lo colectivo. Curiosamente, allí es donde hallará un nuevo tipo de contento. Y “contento” es una buena palabra, pues significa “estar contenido”: contenido en algo más grande...
- Compasión: El tipo de compasión que puede quedar como remanente de un contacto genuino con el espíritu se desprende del punto anterior: si todos somos Uno, tu dolor es mi dolor. En el campo de lo íntimo, es posible que el individuo se vea impulsado a revisar sus vínculos de resentimiento, necesitando indagar en su pasado desde una nueva visión, que incluya la compasión y, por ende, el perdón inteligente hacia quienes le hirieron. No es una decisión, claro está: es un proceso (proceso que no necesariamente implicará re-vincularse con esas personas del pasado). Sin embargo, el combustible de ese proceso está proveído por una zona cuyas dimensiones no sospechamos, proporcionando la posibilidad de una honda transformación emocional.
La compasión también puede marcar otro modo de relacionarse en el aquí y ahora, gestando una afectividad fresca, diferente, no sólo con otros humanos sino también con todo lo viviente (por eso no es extraño que personas que despiertan a este tipo de sentir desistan de ingerir carne, conscientes de que ello implica la muerte de otro ser).
- Inquietudes transpersonales: Es posible que quien atraviesa una crisis esencial comience a hacerse preguntas que nunca antes se había formulado (o bien que había sostenido en su primera juventud o en su infancia, pero que quedaron luego sepultadas por la mente condicionada). Necesitará saber, experimentando un ansia de conocimiento que no deviene del intelecto, sino de la urgencia por reorganizar su propia identidad y su noción de los hilos con que está tejida la realidad. Las preguntas se relacionarán con sus ancestros, con la muerte, lo Sagrado, la naturaleza del verdadero Amor, el mundo del Inconsciente, los hechos sincrónicos...
Según el nivel evolutivo estructural de la persona estas inquietudes se canalizarán hacia herramientas y conceptos que puedan ayudarle a subir en la escala de comprensión, o bien mantenerse en una espiritualidad menos madura, signada por el pensamiento mágico. Pero en cada individuo el proceso tendrá que seguir los pasos necesarios hasta llegar a instancias más sólidas, menos dependientes, más adultas (en el mejor sentido de la palabra).
Es posible también que le surjan cuestionamientos acerca de su
adoctrinamiento religioso, sintiendo la necesidad de encontrar su propio modo de relacionarse con el Todo (Dios, o como se le quiera llamar). Esto podrá implicar, inclusive, situaciones enojosas con lo Sagrado: ¿por qué la necesidad de sufrir para evolucionar? ¿Por qué uno a veces experimenta soledad y desamparo respecto del orden del Universo? ¿Cómo hallar la verdad sin transitar por tanto error? ¿Por qué reina la injusticia en el mundo? Lo cierto es que este replanteo puede emerger como algo muy legítimo e individual: quien despierta a lo no-condicionado quizás tome elementos de su religión de origen o de otras, pero básicamente necesitará construir desde adentro una religiosidad que, más que monoteísta o politeísta, será monopracticante: muy propia, sin otra autoridad que la de su conciencia. Como decían en la tribu de los Lakota: “Una relación personal con el Creador no es algo que deba ser aprendido: es algo que debe ser recordado”. Por esta razón podríamos decir que las crisis esenciales pueden oficiar como crisis iniciáticas.
- Añoranza del Origen: El contacto con el Sí Mismo con frecuencia hace que se destile un tipo de emoción sutil que es propia de las personas reminiscentes: una nostalgia indeterminada, que a veces se la concibe equívocamente como nostalgia del pasado, pero que en verdad tiene mayor rango de profundidad. Es, en realidad, la reminiscencia de aquél no-lugar al cual todos pertenecemos, del cual venimos y al que quizás retornemos al concluir la vida. Como San Juan de la Cruz y Santa Teresa expresaron en sus versos: “Es tan grande el bien que espero / que muero porque no muero”.
Sin embargo, no se trata de aguardar con impaciencia la muerte: la tarea que
el individuo tendrá para realizar (quizás con la ayuda de un terapeuta entrenado en comprender este fenómeno) será la de aprovechar esa Añoranza del Origen para sentirse ligado a Eso más sutil en vida, trabajando para que la permanencia en este mundo resulte lo más provechosa posible, para sí mismo y para esa Unidad a la que pertenecemos. La solución no es “morir porque no se muere”, sino vivir de verdad como un acto de entrega. Uno puede experimentar en carne viva, en el día a día, la claridad de que cada uno de nosotros encarna esa Porción, y que el Todo nos necesita para vivenciar la experiencia humana. De modo que la Añoranza del Origen puede encauzarse a través de lecturas apropiadas, prácticas de meditación y oración, incursiones en el arte y el servicio, así como también mediante el encuentro con pares que no desconozcan de qué se trata ese sentir. Sobre todo resulta muy aliviante legitimarla, dándole su debido nombre. Ese solo hecho, en mi experiencia clínica y personal, puede ser definitorio para que no se la vivencie como una patología o una depresión lisa y llana, sino que se la aprecie como un signo de despertar.
- Apertura sensorial: Una crisis que proporcione la actualización de la Esencia puede dar lugar a una verdadera transfiguración del mundo: una percepción apreciativa, no-condicionada, que permita experimentar un lúcido estado de a-sombro. Sí: a-sombro significa “salir de la sombra”. La percepción puede volverse, por momentos, más abierta, captando realidades estéticas del entorno que la mente mecánica desecha o ignora. Si bien esta apertura sensorial tiende a perderse al estabilizarse la crisis, una práctica sostenida puede mantener abierta esa posibilidad, a través de la contemplación, de la observación meditativa, en el día a día.
- Inadecuación esencial: Sobre este tópico he investigado hasta hoy durante más de la mitad de mi vida. Nomino de este modo al sentimiento de “no encajar en el mundo” que puede experimentar quien abre su conciencia y su sensibilidad hacia una lucidez mayor que la del promedio de su entorno. La persona, entonces, experimenta una sensación de torpeza para moverse con los parámetros sociales más comunes, y también cierta perplejidad acerca de los códigos con que se interactúa en la mayoría de las relaciones humanas. Así, alterna entre el aislamiento y los intentos de inclusión, muchas veces fallidos, justamente por desconocer qué es lo que le está sucediendo: tratará de acoplarse a entornos que no son en absoluto afines a su interioridad.
Es posible, inclusive, que una crisis esencial genere por primera vez estos
sentimientos: quien anteriormente se manejaba con soltura en el club, en su trabajo, entre sus amigos... de pronto se aburre en esos ámbitos, siente necesidad de otro tipo de contacto, se retrae, le resulta chocante y desagradable lo que antes le atraía... Algo bueno le está sucediendo, pero... cuidado: es posible que, por el contrario, lo viva como un estigma. Necesitará, una vez más, reconocer la naturaleza noble de lo que está vivenciando, despatologizarlo, y, a partir de ello, gestar nuevas estrategias para relacionarse con personas que respondan a sus nuevas inquietudes, su nueva identidad. Dar lugar a que el hambre de contacto pueda encaminar las elecciones hacia pares afines, y aprender a buscar esos pares en los lugares apropiados puede ser un proceso doloroso, inquietante, pero a la vez sumamente hermoso y enriquecedor...
- Aproximación a Maitri: El concepto de Maitri en la Psicología del Budismo es de mucha belleza: si hubiera que traducirlo al español necesitaríamos muchas palabras, pues su significado es “amistad incondicional consigo mismo”. Se trata de un sentir, pero también de una práctica: una práctica en el arte de relacionarse sanamente con quien se es. Las crisis esenciales pueden posicionar a la persona en una situación tal que necesitará redefinir el modo en que se trata a sí misma: qué cosas aprecia de sí, qué cosas no se perdona, cuáles son sus principales críticas hacia quien es, qué actitudes autodestructivas ha implementado a lo largo de su historia... Maitri implica el ejercicio de una sana autocompasión (lo cual no significará, en este caso, sentir lástima de sí mismo, sino piedad hacia las propias limitaciones, los propios errores). Incluye también el ejercicio de una cálida firmeza hacia sí, y una total honestidad que excluya la autojustificación. En verdad, la descripción remite a lo que constituye cualquier otro tipo de amistad, sólo que en este caso se trata de una relación fundamental: la relación consigo mismo. Ningún progreso evolutivo es posible en tanto la persona se mancille a sí misma.
A partir de ese modo de autorrelacionarse afectuosamente, la nueva etapa
podrá estar signada por la posibilidad de gestar vínculos que sean sanos, en los que no se permita el maltrato, el abuso, la irrespetuosidad; lazos afectivos que se elegirán desde una perspectiva quizás mucho más sana que la que se ejerciera con anterioridad a la crisis...
Desde el nigredo al albedo
Jung advirtió con concienzudo fundamento que la simbología de la antigua Alquimia no estaba hablando de un proceso metalúrgico cuyo propósito era transformar el plomo en oro: vio que el verdadero alambique recorre el corazón humano; que el plomo es nuestra mente condicionada, atada a la materia, y que el oro era la resultante de desproveer a nuestra Esencia originaria de todos sus agregados psíquicos, para recuperar el verdadero material del que estamos hechos. ¿Por qué el oro? Porque siempre sigue siendo oro: no lo corroe el óxido, no se convierte en otro metal, no se degrada. Así es nuestro Ser: incorruptible.
Las crisis esenciales estarían representadas específicamente por el nigredo de la Alquimia: el sometimiento a la combustión necesaria que separe lo perecedero de lo no- impermanente. Sólo ese proceso tortuoso puede proveer la culminación en el albedo: lo prístino, lo depurado. Traducido al universo de lo psicológico, atravesar las crisis que implican este proceso puede comportar mucho dolor. Pero si uno comprende la naturaleza de lo que le está sucediendo, no sólo podrá sobrellevarlo mejor, sino que, además, podrá colaborar con ese proceso conscientemente, como traté de exponer al inicio de este escrito. Por eso es tan importante que un terapeuta sepa distinguir cuándo una persona está atravesando por este tipo de crisis en particular.
A modo de conclusión, quisiera decir lo siguiente: en mi modo de comunicarme con mis pacientes, mis alumnos, mis afectos, la poesía siempre ha sido el medio preferencial para decir lo que de otro modo me sería mucho más difícil. Elegí entonces convidarles este poema que expresa lo que más largamente he tratado de explicar en este texto. Quizás pueda llegar a donde yo más lo quisiera. Que así sea:
DEL ARDER
Cruzaste el fuego, y te salvó quemarte.
Espectador sin más expectativas,
miraste la Verdad solo y de frente:
te escrutaste doliente, palmo a palmo,
hasta en tus más huraños escondrijos.
La vida incineraba lo ilusorio,
y atizaste el carbón para que ardiera.
Ofreciste el crisol de tus entrañas
para fundir la escoria del pasado,
y gemían, aullaban, fenecían,
las imágenes de lo perecedero.
Compasivamente contemplaste
tu propio infierno para hornear Edenes.
Y te moriste, desvanecido y laxo.
Combustionaste todo lo que no era,
para que lo Es tuviera sitio.
Soltándote de todas tus prisiones
te convertiste en una Puerta Abierta.
Iniciándote, desnudo de lo antiguo,
sólo amparado por la Santa Intemperie,
diste a luz tu Segundo Nacimiento,
Permaneciendo ante lo impermanente.
Alimentándote con un Viento Quieto,
así inhalaste tu primer bocanada.
Y no gritaste: emitiste a mi oído
un lúcido y espléndido Silencio.(
https://www-contacto11.blogspot.com Licenciada MIRTA ZANGARO DE MOISANO.
La Lic. Virginia Gawel es Psicóloga, co-Directora (junto con Marcos Eduardo Sosa) del Centro Transpersonal de Buenos Aires, institución pionera en la difusión del enfoque Transpersonal en Sudamérica. A través del sitio web de ese Centro ( HYPERLINK "http://www.centrotranspersonal.com.ar" www.centrotranspersonal.com.ar ) ejerce la docencia mediante un sistema especial de formación en Psicología Transpersonal registrado bajo el nombre de Feel e-learning (aprendizaje desde la sensibilidad a través de medios virtuales), coordinando grupos de todo el mundo hispanohablante.
Nota: El concepto de Inadecuación Esencial y Reminiscencia es fruto de una investigación de más de dos décadas de la LIc. Virginia Gawel. En caso de mencionárselo, recordamos que está resguardado por derechos de autor, por lo cual agradeceremos citar la fuente y no distorsionar su sentido. Esta aclaración se ha vuelto necesaria porque hemos recibido noticias de quienes toman este concepto deformándolo y sin citar ni su fuente ni su fundamento, lo cual lamentamos, pues creemos que tal como se expone puede ser de gran ayuda para la comprensión del psiquismo de muchas personas, (tanto para sí mismas como para terapeutas que tengan pacientes encuadrables bajo esta mirada). Nuestra intención es hacer un aporte sólido en este sentido, sin que se apropien de ello quienes a partir de allí tejen teorías totalmente ajenas a los puntos esenciales de esta investigación. Gracias por la comprensión del lector!
Comentario sobre el libro publicado por http://www.tendencias21.net
Título: “Krisis”
Coordinador: Manuel Almendro
Edita: Ediciones La Llave D.H. Vitoria-Gasteiz, 2009
En la presente obra sus autores “desarrollan diversas perspectivas de la crisis. Crisis desde el ser, la medicina, la filosofía, desde el silencio meditativo y místico, desde la perspectiva global e incluso desde el arte, algunos de los autores son profesionales que se encuentran con la vida y la muerte entre sus manos. Y se toca fondo en el impacto sobrecogedor del “tienes un cáncer” hasta la crisis sorprendente de Jim Morrison vista por un testigo de excepción de la California de los sesenta.”
“En este libro, dedicado al doctor Juan Rof Carballo, se expone una variada y rica perspectiva de la crisis desde diferentes países y personas. Con él se hace una recuperación inquietante y dolorosa de autores como al que ha sido dedicado este libro, que anunciaba los nuevos paradigmas a principios de los años cincuenta, casi veinte años antes que lo hiciera Abrahan Maslow. Pero escribía en castellano y como afirma su coordinador, Manuel Almendro, nunca como estudiante nos hablaron de ellos”.
La crisis que nos “toca”, dice Almendro, presenta dos claves. La primera clave es la de un ser intemporal que hoy emerge con fuerza. Es la historia del “Ser” a partir de la Revolución Interior –la revolución de la Consciencia- y se encamina hacia el encuentro con lo inalterable. La otra clave representa la historia del nada más que “Estar”, la verdad atomizada y manejable que fue rechazada por la Revolución Industrial, hoy cima decadente del triunfo de la imagen.
“Lo que se puede establecer a modo de síntesis sobre nuestro momento histórico, concluye el coordinador de esta propuesta colectiva, es que roto el equilibrio de los arquetipos humanos, -los cuatro motores de la evolución- da la impresión de que el comerciante ha acabado por manejar al guerrero, invalidar al santo y comprar al sabio. Ante este panorama la toma de consciencia parece urgente puesto que el reduccionismo degrada como antipragmático a todo lo que no reconoce y reduce la vida a un botón genético y a un botón ambiental en el que no hay lugar para la acción del ser humano ni para el agua, la tierra, y el sol de los antepasados; sólo para el petróleo”…
Índice de Contenidos y Autores
Dedicatoria: Al Dr. Juan Rof Carballo, un pionero en el olvido
Introducción
CRISIS EXISTENCIALES: CRISIS DEL SER
"El hombre desde la cornisa". F. Mayor Zaragoza
"Crisis emergente". Manuel Almendro
"La Crisis de Confianza". J.M. Prieto, A. Calles, R. Blasco
"Convirtiendo en Génesis nuestro Apocalipsis". Virginia Gawel
"Dinámica espiritual de las crisis espirituales": Salvador Harguindey
"Implicaciones para la conciencia hollotrópica. Investigaciones para la psiquiatría".Stanislav Grof
"Un nuevo paradigma en la psicología". Vladimiro J. Wukmir, Mª Pilar González, Luis Caturla
"Educación de la humanidad: el reto de una nueva pedagogía". Agustín de la Herrán
SOY MÉDICO Y ESTOY EN CRISIS
"Crisis evolutivas de la profesión médica. (O las eras de la medicina)". Tomás Álvaro
"Enfermedad y la crisis consecuente". Anna La fuerza, Antoni Mª Aluja Farré
"La crisis del cáncer". Eva Juan Linares