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sábado, 4 de junio de 2011

Hay que ser realmente idiota para...



Un cuento escrito por: Julio Cortázar
Hace años que me doy cuenta y no me importa, pero nunca se me ocurrió escribirlo porque la idiotez me parece un tema muy desagradable, especialmente si es el idiota quien lo expone. Puede que la palabra idiota sea demasiado rotunda, pero prefiero ponerla de entrada y calentita sobre el plato aunque los amigos la crean exagerada, en vez de emplear cualquier otra como tonto, lelo o retardado y que después los mismos amigos opinen que uno se ha quedado corto. En realidad no pasa nada grave pero ser idiota lo pone a uno completamente aparte, y aunque tiene sus cosas buenas es evidente que de a ratos hay como una nostalgia, un deseo de cruzar a la vereda de enfrente donde amigos y parientes están reunidos en una misma inteligencia y comprensión, y frotarse un poco contra ellos para sentir que no hay diferencia apreciable y que todo va benissimo. Lo triste es que todo va malissimo cuando uno es idiota, por ejemplo en el teatro, yo voy al teatro con mi mujer y algún amigo, hay un espectáculo de mimos checos o de bailarines tailandeses y es seguro que apenas empiece la función voy a encontrar que todo es una maravilla. Me divierto o me conmuevo enormemente, los diálogos o los gestos o las danzas me llegan como visiones sobrenaturales, aplaudo hasta romperme las manos y a veces me lloran los ojos o me río hasta el borde del pis, y en todo caso me alegro de vivir y de haber tenido la suerte de ir esa noche al teatro o al cine o a una exposición de cuadros, a cualquier sitio donde gentes extraordinarias están haciendo o mostrando cosas que jamás se habían imaginado antes, inventando un lugar de revelación y de encuentro, algo que lava de los momentos en que no ocurre nada más que lo que ocurre todo el tiempo. Y así estoy deslumbrado y tan contento que cuando llega el intervalo me levanto entusiasmado y sigo aplaudiendo a los actores, y le digo a mi mujer que los mimos checos son una maravilla y que la escena en que el pescador echa el anzuelo y se ve avanzar un pez fosforecente a media altura es absolutamente inaudita. Mi mujer también se ha divertido y ha aplaudido, pero de pronto me doy cuenta (ese instante tiene algo de herida, de agujero ronco y húmedo) que su diversión y sus aplausos no han sido como los míos, y además casi siempre hay con nosotros algún amigo que también se ha divertido y ha aplaudido pero nunca como yo, y también me doy cuenta de que está diciendo con suma sensatez e inteligencia que el espectáculo es bonito y que los actores no son malos, pero que desde luego no hay gran originalidad en las ideas, sin contar que los colores de los trajes son mediocres y la puesta en escena bastante adocenada y cosas y cosas. Cuando mi mujer o mi amigo dicen eso –lo dicen amablemente, sin ninguna agresividad– yo comprendo que soy idiota, pero lo malo es que uno se ha olvidado cada vez que lo maravilla algo que pasa, de modo que la caída repentina en la idiotez le llega como al corcho que se ha pasado años en el sótano acompañando al vino de la botella y de golpe plop y un tirón y no es mas que corcho. Me gustaría defender a los mimos checos o a los bailarines tailandeses, porque me han parecido admirables y he sido tan feliz con ellos que las palabras inteligentes y sensatas de mis amigos o de mi mujer me duelen como por debajo de las uñas, y eso que comprendo perfectamente cuánta razón tienen y cómo el espectáculo no ha de ser tan bueno como a mí me parecía (pero en realidad a mí no me parecía que fuese bueno ni malo ni nada, sencillamente estaba transportado por lo que ocurría como idiota que soy, y me bastaba para salirme y andar por ahí donde me gusta andar cada vez que puedo, y puedo tan poco). Y jamás se me ocurriría discutir con mi mujer o con mis amigos porque sé que tienen razón y que en realidad han hecho muy bien en no dejarse ganar por el entusiasmo, puesto que los placeres de la inteligencia y la sensibilidad deben nacer de un juicio ponderado y sobre todo de una actitud comparativa, basarse como dijo Epicteto en lo que ya se conoce para juzgar lo que se acaba de conocer, pues eso y no otra cosa es la cultura y la sofrosine. De ninguna manera pretendo discutir con ellos y a lo sumo me limito a alejarme unos metros para no escuchar el resto de las comparaciones y los juicios, mientras trato de retener todavía

las últimas imágenes del pez fosforescente que flotaba en mitad del escenario, aunque ahora mi recuerdo se ve inevitablemente modificado por las críticas inteligentísimas que acabo de escuchar y no me queda más remedio que admitir la mediocridad de lo que he visto y que sólo me ha entusiasmado porque acepto cualquier cosa que tenga colores y formas un poco diferentes. Recaigo en la conciencia de que soy idiota, de que cualquier cosa basta para alegrarme de la cuadriculada vida, y entonces el recuerdo de lo que he amado y gozado esa noche se enturbia y se vuelve cómplice, la obra de otros idiotas que han estado pescando o bailando mal, con trajes y coreografías mediocres, y casi es un consuelo pero un consuelo siniestro el que seamos tantos los idiotas que esa noche se han dado cita en esa sala para bailar y pescar y aplaudir. Lo peor es que a los dos días abro el diario y leo la crítica del espectáculo, y la crítica coincide casi siempre y hasta con las mismas palabras con o que tan sensata e inteligentemente han visto y dicho mi mujer o mis amigos. Ahora estoy seguro de que no ser idiota es una de las cosas más importantes para la vida de un hombre, hasta que poco a poco me vaya olvidando, porque lo peor es que al final me olvido, por ejemplo acabo de ver un pato que nadaba en uno de los lagos del Bois de Boulogne, y era de una hermosura tan maravillosa que no pude menos que ponerme en cuclillas junto al lago y quedarme no sé cuánto tiempo mirando su hermosura, la alegría petulante de sus ojos, esa doble línea delicada que corta su pecho en el agua del lago y que se va abriendo hasta perderse en la distancia. Mi entusiasmo no nace solamente del pato, es algo que el pato cuaja de golpe, porque a veces puede ser una hoja seca que se balancea en el borde de un banco, o una grúa anaranjada, enormísima y delicada contra el cielo azul de la tarde, o el olor de un vagón de tren cuando uno entra y se tiene un billete para un viaje de tantas horas y todo va a ir sucediendo prodigiosamente, el sándwich de jamón, los botones para encender o apagar la luz (una blanca y otra violeta), la ventilación regulable, todo eso me parece tan hermoso y casi tan imposible que tenerlo ahí a mi alcance me llena de una especie de sauce interior, de una verde lluvia de delicia que no debería terminar más. Pero muchos me han dicho que mi entusiasmo es una prueba de inmadurez (quieren decir que soy idiota, pero eligen las palabras) y que no es posible entusiasmarse así por una tela de araña que brilla al sol, puesto que si uno incurre en semejantes excesos por una tela de araña llena de rocío, ¿qué va a dejar para la noche en que den King Lear? A mí eso me sorprende un poco, porque en realidad el entusiasmo no es una cosa que se gaste cuando uno es realmente idiota, se gasta cuando uno es inteligente y tiene sentido de los valores y de la historicidad de las cosas, y por eso aunque yo corra de un lado a otro del Bois de Boulogne para ver mejor el pato, eso no me impedirá esa misma noche dar enormes saltos de entusiasmo si me gusta como canta Fischer Dieskau. Ahora que lo pienso la idiotez debe ser eso: poder entusiasmarse todo el tiempo por cualquier cosa que a uno le guste, sin que un dibujito en una pared tenga que verse menoscabado por el recuerdo de los frescos de Giotto en Padua. La idiotez debe ser una especie de presencia y recomienzo constante: ahora me gusta esta piedrita amarilla, ahora me gusta “L’année dernière à Marienbad”, ahora me gustas tú, ratita, ahora me gusta esa increíble locomotora bufando en la Gare de Lyon, ahora me gusta ese cartel arrancado y sucio. Ahora me gusta, me gusta tanto, ahora soy yo, reincidentemente yo, el idiota perfecto en su idiotez que no sabe que es idiota y goza perdido en su goce, hasta que la primera frase inteligente lo devuelva a la conciencia de su idiotez y lo haga buscar presuroso un cigarrillo con manos torpes, mirando al suelo, comprendiendo y a veces aceptando porque también un idiota tiene que vivir, claro que hasta otro pato u otro cartel, y así siempre.

EL MODELO

El Modelo: Autor Licenciada Mirta Zangaro de Moisano
El tema que nos ocupa hoy es muy difícil de soslayar ya que el mismo se halla ocupando el centro del discurso en cada reunión, sea profesional, académica, hogareña, de trabajo, etc. Para entrar en tema podríamos decir que la agresión y la violencia no contemplan el mismo significado, ya que la primera es necesaria como una forma de defensa mientras que la segunda es un resultado de muchos factores de carácter cultural que desembocan en esa falta de Control de Impulsos. Ni tan fácil ni tan corto, dirá Ud., pero es necesario hacer un recorte en ese universo a fin de presentar un enfoque menos complejo dada la cantidad de variables que lo atraviesan.
En general los mayores solemos hablar de “todo tiempo pasado fue mejor”, y puede ser que así haya resultado respecto a la seguridad personal, grupal u otras, pero lo que sí es indudable que algo no resultó, algo estaba mal y el cambio era necesario. El lugar de la mujer, por ejemplo y no sólo en la sociedad, sino en los distintos roles que se le permitía cumplir se dejó clara constancia que en lo que a género se refiere, “Primero Yo” decía el hombre. Y lo sigue sustentando pues su concepto de amo de la casa se le ha transmitido a través de toda una cadena generacional que no resulta tan simple de cambiar. Muchas víctimas de la violencia del macho son invitadas a reflexionar por sus congéneres (¿?) sobre su conducta en el: “Y vos qué le hiciste para que él reaccionara así, ¿POR QUÉ LO PROVOCASTE?”. Estamos allí en presencia de quienes sostienen El Modelo. (Nena qué hiciste para que te encerrara, te tirara en una bañera y te rociara con alcohol?)
Cuando a través de las noticias, siempre atentas para lograr la categoría alarmista que exige su hegemonía, nos enteramos de la violencia salvaje que caracteriza hoy a los desconocidos de siempre, también solemos realizar una comparación sobre los códigos que antes sostenían los amigos de lo ajeno, pero en esta temática ¿dónde está El Modelo? ¿Desde dónde y hacia quién mirar para ubicar alguna causa que pueda darnos una explicación coherente respecto a este estallido, este grito social, esta ausencia de ser similar al síndrome hospitalario que nos plantea Spitz en su teoría, donde la madre, (factótum de la formación del aparato psíquico con su narcisización, libidinización, su interpretación de las demandas del niño no sólo de alimento sino de presencia)  falta al niño y sobreviene el desastre?
Una de las respuestas podríamos sugerirla en la ausencia del estado-nación, hoy es el mundo de lo globalizado; lo regional y la fuerza con que se lo cuidaba ha desaparecido absorbido por el salvajismo del neoliberalismo que no duda en imponer su producción al coste de lo que fuere, léase familias, jóvenes, sociedades, donde sólo cuenta y se valora el TENER, no el SER, donde una tecnología cambiante en progreso día a día, en lugar de vender paraísos utópicos debería cubrir las necesidades de tanta gente sin trabajo, con hambre de pan y de tentaciones, de necesidad de TENER, para no ser descalificado, retirado del sistema. El sector dominante debe mantenerse, no desea cambios, al contrario, desea profundizarlos, y esto dentro de una aparente flexibilidad pues demasiada rigidez acusaría quiebres inmediatos, para ello es necesario que no exista esa solidaridad comunitaria, pues de esto se trata, que permita obtener nuevos proyectos en base a las situaciones actuales, sino que para continuar el esquema dominador-dominado, las empresas van logrando su vasta ingerencia aún en la salud hasta convertirla en objeto de consumo. Aquí también ubicamos El Modelo.
Las diferencias de sueldo en el mundo laboral están en la gran mayoría de los casos a favor del hombre, pues se considera que es el proveedor de la familia aun cuando hoy todas las mujeres trabajan y un alto porcentaje de ellas mantienen hogares uniparentales. En otros casos se desvalorizan las condiciones morales o físicas, o actitudinales, o estéticas de la mujer dando lugar a distintas formas de violencia ya sea psicológica, sexual, económica, patrimonial, por ejemplo.
El impacto psicológico y sus consecuencias no se ubican en una sola clase social, abarcan a todas las clases, aunque se conozcan casos de las más vulnerables pues la violencia es el convidado de piedra de cada rincón y en el prototipo sano de hoy encontramos estrés, adicciones, bulimia, obesidad etc., entrando más en lo patológico la robotización, ausencia de angustia-señal, aplanamiento afectivo, etc., como producto de final.  
La religión ubica también su mensaje ahora en una forma ligeramente más suave, pero no exenta de que su palabra es La Cura, dejando como siempre todo en manos del Padre, y los premios en el Más Allá, y así estamos, siempre buscando todos un lugar en el discurso, a ser posible buscando ser quienes otorguemos ese lugar. Esa es otra forma de violencia, aquella que se impone, dogmatiza y nos coloca dentro del pensamiento mágico pues es lo único que tiene, no se detiene en la verdadera redención del hombre, sino que pretende ser la redención del hombre y no su crecimiento espiritual. He aquí también El Modelo.
Hacen falta muchos maestros, seres que nos ayuden a cambiar, a que cada sector busque aunar el discurso en ciertos pequeños y delicados puntos, para que hogares y comunidades que podrían haberse salvado de esta hoguera, no vuelvan a repetir El Modelo en generaciones venideras.
  
Gino Zangaro   GUERRA SANTA - GUERRA SANTA
Voglia - Ganas
di un gesto gentile. - de en gesto cortés.
...Desiderio - Deseo
di un tenero amico, - de un tierno amigo
di un sereno abbandono. - de un sereno abandono.
Voglia - Ganas
di non avere confini. - de no tener fronteras.

Desiderio - Deseo
di fratelli nel mondo, - de hermanos en el mundo,
di un segno di pace: - de un signo de paz:
mentre i santi - mientras los santos
si accoltellano in chiesa - se cortan en la iglesia
ed infuria la guerra per strada. - y enfuria la guerra por la calle.

Autor: Mirta Zangaro de Moisano