De abuelos, padres e hijos
1ra. Parte “a”- El Anciano
Tomado anteriormente el tema de la ancianidad desde el enfoque de los cambios en su medio ambiente, también resultaría útil conocer ciertos cambios en su conducta que los hijos suelen tomar como un trastorno de la personalidad debido a la etapa última de su carrera de vida o como situaciones ajenas a las costumbres de la familia.
Dentro de la nueva situación de quien ya se encuentra en esa etapa, está el hecho de la jubilación, la cual resulta difícil de elaborar aunque al principio el beneficiado la tome con alegría y como premio a un legítimo descanso.
Pero pasar de la vida activa a la vida pasiva como ciudadano en general, resulta un hecho traumático, deja su marca en la psiquis de la persona quien deberá adaptarse a un nuevo estilo de vida.
Se principia con un viaje de vacaciones o con arreglos que antes no podía efectuar por falta de tiempo en su vivienda, compartir con su cónyuge el desayuno y las tareas de la casa, relacionarse con otros jubilados y tratar de dedicar un tiempo a alguna actividad deportiva.
Pasado un tiempo esto ya no lo satisface, necesita el esfuerzo, la dedicación y la responsabilidad que anteriormente dedicaba a la parte laboral. Las tareas actuales no son altamente satisfactorias para él, sintiéndose apartado del sistema.
Aquello que dignificaba su vida, como a todo hombre, ya no le pertenece, hay otro realizando su labor y siendo un valor tan estimado sobre todo en nuestros mayores que han cultivado la cultura del trabajo ese retiro llega a resultarle tan insoportable que comienza a hablar el cuerpo lo que la psiquis calla.
Puede caer en depresión, pero además comenzar con una decadencia orgánica donde pequeñas molestias de antes, se transforman en enfermedades rápidamente.
En estas situaciones es conveniente consultar por una terapia a fin de que la persona aumente las defensas del yo y renueve su sentido por la existencia. Si bien no es fácil es necesaria la tarea pues deberá aprender a poner su libido en otros valores que antes tenían un lugar secundario.
Habrán cuestiones que aún no están cerradas y que tendrá que resignificar las cuales son inherentes a su proyecto de vida como adulto, viejas marcas de hechos traumáticos que son de distintos caracteres como la familia, los parentales, además los ambientales y momentos en que tal vez su vida peligró por enfermedades o por situaciones sociales agresivas, por la partida de los hijos y por sobre todo por su visión sobre la muerte.
Al trabajar sobre estos temas el anciano se sentirá más tranquilo, más amigo con su vida y en mejores condiciones para dejar la herencia de su sabiduría lograda a través de su experiencia de vida.
Si bien hoy no hay casi tiempo para escucharlos, el deseo de una vida sana en la nueva familia que cada hijo ha formado, es un aliciente suficiente como para darse pequeños tiempos y participar de los viajes al pasado, a otras costumbres, a una cultura del trabajo, a la falta de ambición desmedida que lleva a los jóvenes hacia la violencia, participar de un discurso que será hilo conductor en valores éticos y morales.
Sin duda que existen otro tipo de conductas que hacen a la ancianidad algo extraña a los ojos de la sociedad. Entre ellas la práctica de la escena originaria, o sea el sexo, la cual es muy difícil de comprender provocando rechazo en la familia. Pero el sexo existe entre ellos y les brinda la satisfacción de sentirse activos. Las arrugas, el sobrepeso o la delgadez excesiva carecen de importancia a partir del momento que no produce “el yo horror” al mirarse en el espejo. Al verse aceptados por el otro, aumenta su autoestima y produce grandes beneficios, (una adulta mayor enferma de cáncer expresó a su terapeuta haber tenido una relación sexual con su marido y “…me sentí humana, mujer otra vez”, ello la fortaleció, comenzando a luchar con otras defensas por su mejoría.) El citado entre paréntesis no constituye un único ejemplo, otras personas mejoran en las relaciones interpersonales, aleja los dolores de cabeza y produce una vivificación interna de todo el organismo.
Aquellos que han perdido sus cónyuges sienten más el peso de la soledad en la senectud y luego de largas cavilaciones concurren a grupos religiosos, clubes de jubilados, asociaciones de fomento u otras a fin de lograr esparcimiento con personas de su misma franja etárea donde suelen formarse parejas en algunos casos transitorias y en otras uniéndose en matrimonio, lo cual produce en los hijos y nietos cierto rechazo pues se está remplazando a quien ya partió y además por situaciones de herencia que en caso de tener algún bien dificulta más el contrato matrimonial.
Muchos hijos piensan que ya sus padres han finalizado con su vida útil, y que ya no necesitan una pareja pues se vería ridículo que a la vejez tuvieran que anunciar el casamiento de papá o mamá. Pero los hijos tienen otras obligaciones adquiridas hacia su propia familia donde el anciano no tiene un lugar de privilegio. Pese a la reticencia familiar una vez que han decidido convivir y los celos de la familia van cediendo, ambos se enriquecen con el aporte de nuevas costumbres, otras culturas y otras realidades que compartirán ampliando así mismo la red de relaciones interpersonales tan necesaria en la vejez.
Al observar cómo comienzan estos idilios, cómo el hombre seduce y cómo la mujer le responde, se observa también un nuevo aliciente, otro sentido a su vida pues vuelven a ese trato que sólo se tiene con la pareja pues los hijos ocupan otro lugar. Ambos parecen rejuvenecer gratificándose mutuamente en un amor que no se agota pues es inherente al ser humano.

la vida del anciano es un mundo distinto, con otras evaluaciones y otra mirada a la existencia y al mundo. Busquemos que sus años últimos les signifique el cumplimiento de su ideal de vida y plueda legarnos su sabiduría.
ResponderEliminarExcelente, como siempre. Una mirada que pretende no cosificar al anciano, sino incluirlo al sistema con sus habilidades distintas, propias de su edad. Felicitaciones.
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