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sábado, 18 de junio de 2011

LA OTRA MIRADA EN EL DÍA DEL PADRE


EN EL DÍA DEL PADRE

A las costumbres adquiridas por la sociedad, se suma mañana una celebración: el Día del Padre,  cuyo nacimiento se supone dentro del orden de lo comercial, un  incentivo desde el ámbito empresarial para un mayor movimiento de caja.
No obstante, sea o no su origen aumentar capitales, el Día del Padre ha logrado significaciones en la familia que se deben reconocer. El simple hecho de reunir a los hijos alrededor de la mesa paterna habla de valores que a veces tenemos fuera de nuestro consciente, tal vez por la rutina de una agenda demasiado llena, por un trabajo con una pesada carga horaria, por el tiempo que nos lleva  ocuparnos de nuestra propia familia, o por espacios sumamente distantes que impiden una presencia física a menudo.
Al llegar este día cualquiera sea nuestra edad se produce en nosotros ese retroceso, esa nostalgia, esa rememoración que nos lleva a nuestra infancia donde buscamos la escena apropiada y placentera de unos momentos compartidos con nuestro padre (o con aquella figura que lo sustituye). Volvemos a verlo como era en aquella época, una cara más fresca, una espalda más recta tal vez, y un diálogo en el que desde su voz ya nos transmitía ese soporte, ese respaldo, esa seguridad que hoy muy pocos solemos encontrar o no la sabemos internalizar. Con esa seguridad hemos caminado por la vida, hemos tenido logros y fracasos, y hemos podido resurgir de estos últimos merced al ejemplo de nuestros originarios.
La pregunta sería ¿qué pasó? ¿En qué momento, en qué punto se fracturó el discurso? Hay muchas y variadas respuestas para ello, algunas dadas dentro de un criterio lógico y otras no tanto. Resulta fácil decir que los hijos hoy se olvidan de los padres por egoísmo, que son demasiado violentos a pesar de haberles dado mucho más de lo necesario, que en la escuela no se les enseña nada, que habría que darles unos buenos azotes y ya, pero… esto es solamente rehuir la responsabilidad que cada quien  tenemos en estas situaciones.
Desde otras respuestas se habla de la globalización, de la desaparición de nuestra familia como modelo a partir de que la mujer comenzó en forma masiva a trabajar (como si antes no hubiera trabajado fuera de su casa ya en tiendas, hilanderías, lavaderos, etc.), de la falta de futuro, del individualismo actual donde la solidaridad parece estar ausente, etc. , etc. Esto tampoco lleva a una respuesta que nos explique el porqué de tanta producción violenta. Cuando decimos que la demanda ha cambiado he aquí un ejemplo: en otra época se llevaba a los hijos al analista o psicólogo porque el muchacho era violento, hoy  los padres concurren a consulta para que se trate a su hijo porque no es agresivo.
Nuevamente la pregunta es en qué nos equivocamos y qué posibilidades habrían de volver atrás. Pero ¿cómo volver atrás si hoy se desconoce la autoridad del padre y por ende la significación religiosa del mismo como Padre Eterno? Bien puede mirarse desde la jerarquía de la pirámide y observar que desde allí en más todo aquello que signifique autoridad es cuestionado.
También aquí podemos decir que este es el efecto de la globalización que ha roto el orden instituido poniendo en su lugar otro tipo de estructuras sociales que  tienen una gestión desde la autoridad, pero que no son manos visibles. Son manos que se mueven influyendo en cada sociedad desorganizando lo organizado, no porque ya no sirve a nuestra sociedad sino porque no les sirve a ellos.
Esta deshumanización, esta robotización, donde solamente nos comunicamos, trabajamos y vivimos tan tecnológicamente, ya ha creado en países desarrollados su voz de alerta, dado que miles de obreros trabajando durante todo el día en una condición de aislamiento (pues deben atender cada movimiento de su maquinaria), han presentado síntomas de trastornos esquizoides y equipos psicológicos e interdisciplinarios especializados en esta problemática comunitaria, comenzaron a trabajar con lo que se dio en llamar Redes. El punto más importante refiere a las Redes Familiares.
En cuanto a nuestros errores, el más grave es tratar al hijo como objeto pues lo rodeamos de “cosas” con luces, sin luces, con música, con juegos y jueguitos y nos olvidamos que le hace falta más el afecto y el contacto puesto de manifiesto de mil formas: colaborar en sus tareas escolares, ponerlo en contacto con la naturaleza, que nos acompañe en algún deporte, marcándole límites y enseñando desde nuestra experiencia de vida no como reconvención sino como ejemplo positivo, respetarle sus secretos, y enseñarle que su hogar es el lugar donde siempre será amado, para que lo cuide, lo narcizice.
La persona que ha tenido una buena base en la niñez, (donde las figuras de los parentales se han desempeñado buscando el crecimiento de los hijos y el propio, tal vez aprendiendo juntos), con toda seguridad estará presente en el Día del Padre ya en forma física, ya comunicándose, pues como siempre se nos decía: de una buena semilla crece un buen árbol.
Feliz Día del Padre. Para todos los padres, para mi padre que siempre recuerdo, para mi esposo que merece tener a los suyos alrededor de una mesa ese día, para mi yerno Marcelo Ferrari,  pues acompaña a sus hijos, para Luis Fernández del Instituto de la familia, para Carlos del Instituto de la familia, para Sergio Correa por el  buen rol de padre que observé desempeña, para Daniel Fernández, amigo tan querido, para Roberto, tan lejos en España, para Juan Varga que tiene muchos hijos para educar, para Miguel Werner guiado por una sabia enseñanza…
           Hay alguien que por sus méritos merece nuestro respeto como persona y como padre admiración por ese afán de educar a su hija con la dedicación y el amor de un ser humano en el cual convergen la fe, la creatividad, la humildad y el deseo de aprender. Me estoy refiriendo a Ricardo Gómez, un religioso que logró que yo resignificara mi concepto en religión, al cual tomo como modelo pero reconozco que me faltan luengos tiempos para tener su altura espiritual. A Ricardo le deseo un feliz Día del Padre.
                              Mirta Zangaro de MOISANO